Sea como fuere, las próximas elecciones para elegir al nuevo presidente del Comité Olímpico Internacional estarán condicionadas por las alianzas que se están reconfigurando a nivel internacional y que son fruto de la nueva guerra fría en curso. Las candidaturas de Sebastian Coe, Kirsty Coventry y Juan Antonio Samaranch Jr.

di Guido Talarico

Las elecciones para elegir al próximo presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), previstas para 2025 durante la 142ª sesión del COI en Atenas, estarán muy influidas por el desenlace del conflicto ucraniano. De hecho, lo que ocurra en los próximos meses en el tablero político internacional también influirá decisivamente en la elección del presidente de la máxima organización deportiva mundial, que podría incluso adelantarse respecto al plazo habitual. Pero vayamos por partes e intentemos comprender los diferentes escenarios posibles tanto en el ámbito geopolítico como en el deportivo. Empecemos por este último.

El Comité Olímpico Internacional se enfrenta a una de las cuestiones más complejas y delicadas de sus casi 129 años de historia. Tiene que decidir si admite o no a deportistas de las dos naciones que desencadenaron la guerra en Ucrania, Rusia y Bielorrusia, como atletas neutrales. A decir verdad, no se trata de una situación totalmente nueva: desde su fundación en París en 1894, el COI se ha enfrentado a dos guerras mundiales, boicots, escándalos y a la cancelación de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, posteriormente aplazados un año a causa de la pandemia de COVID-19.

El asunto a tratar, en esencia, se refiere a la readmisión en las competiciones de los atletas de la Federación Rusa y la República de Bielorrusia, las dos naciones que invadieron militarmente Ucrania el 22 de febrero del año pasado. La decisión debe tener en cuenta la Carta Olímpica, que promueve la paz, la unidad y el respeto entre los pueblos, y la resolución de la ONU sobre el carácter unificador y conciliador de los acontecimientos deportivos internacionales. Pero no sólo hay que tener en cuenta este aspecto. Hay que tener en cuenta las creencias y sensibilidades políticas de cada uno de los miembros del COI, de las asociaciones olímpicas continentales y de las federaciones internacionales. Por último, está la no desdeñable cuestión de los posibles boicots a los resultados que, en caso de desacuerdo, podrían poner en marcha diversas naciones, algunas incluso europeas, con la inevitable pérdida de consenso y, sobre todo, de patrocinadores por parte del movimiento olímpico. En resumen, nunca antes los conflictos bélicos y las tensiones geopolíticas habían tenido tanto impacto en las decisiones del mundo del deporte.

Thomas Bach con Xi Jinping

El actual presidente del COI, el alemán Thomas Bach, ha anunciado una “vía exploratoria” a nivel mundial para encontrar la manera de readmitir a los atletas rusos y bielorrusos de forma neutral, sin bandera, himno ni colores nacionales y respetando diferentes criterios. El objetivo es permitir su participación en los Juegos Olímpicos de París 2024 a través de las eliminatorias que ya han comenzado en algunos deportes. En resumen, la de Bach parece una clásica solución de compromiso.

Para justificarla, Bach hizo hincapié en la importancia de la neutralidad de los Juegos Olímpicos y rechazó la idea de excluir a atletas basándose únicamente en la ciudadanía, argumentando también que los Juegos Olímpicos pueden promover el diálogo, especialmente en momentos de tensión como los actuales. Este planteamiento, sin embargo, no gustó a Kiev, que querría ver a Rusia y Bielorrusia condenadas y excluidas de los Juegos. El Presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, criticó abiertamente al COI por este planteamiento, pero Bach se mantuvo firme, reiterando la importancia de los principios olímpicos de neutralidad y paz.

Como es fácil adivinar, esta elección del COI corre el riesgo de provocar divisiones dramáticas y dividir al Comité Olímpico Internacional. Esto ya está ocurriendo en otras grandes organizaciones internacionales como las Naciones Unidas o el Banco Mundial. Esto se debe a un hecho evidente: el orden mundial está cambiando rápidamente en los últimos años. El nuevo activismo de los Brics (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), la cooperación más estrecha entre Moscú y Pekín y el acuerdo de paz entre Arabia Saudí e Irán son ejemplos de cómo el orden mundial evoluciona hacia una polarización que apunta a Estados Unidos y sus aliados (Europa, Australia, Corea del Sur y Japón). En un escenario tan opuesto y tenso, donde la guerra de Ucrania es otro grave episodio de una nueva guerra fría que divide al mundo, es evidente que incluso el COI se ve obligado a jugar la batalla de su vida. Una batalla que tendrá que jugarse inspirándose más en los principios de von Clausewitz que en los de de Coubertin.

Está igualmente claro que esta batalla, como decíamos al principio, decidirá la próxima elección presidencial del COI. Todavía queda mucho tiempo para decidir quién será el sustituto de Bach, presidente desde el 10 de septiembre de 2013. Pero en Lausana, según la tradición, los Juegos empiezan mucho antes. Y luego está, como hemos mencionado, el rumor incontrolado y no confirmado de que Bach está dispuesto a dimitir si fracasa su mediación en el dossier ucraniano. Intentemos también aquí aclarar las cosas, empezando por las fuerzas sobre el terreno.

Empecemos por examinar el rumor sobre la salida anticipada de Bach. La historia nos enseña que nadie dimite con dos años de antelación. Pero esta vez hay una cuestión decisiva sobre la mesa, que es la existencia misma del Comité Olímpico Internacional tal y como lo hemos visto en las últimas décadas. En otras palabras, si su propuesta de mediación no fuera aceptada, Bach, que es un ejecutivo serio y con un alto sentido de las instituciones, podría de hecho sentirse obligado a leer el rechazo como una clara señal de desconfianza en su labor y, por tanto, precisamente para proteger al propio COI, no tendría más remedio que ceder antes de tiempo.

Por este motivo, entre los miembros del Comité Olímpico Internacional, una élite formada por personalidades variopintas que, sin embargo, constituyen una verdadera diplomacia internacional paralela a la oficial, el rumor de un cambio de guardia más inminente corre por mil llamadas telefónicas y reuniones más o menos oficiales. Las hipótesis que se superponen sobre los posibles candidatos a sustituir finalmente a Bach no son muchas. Veámoslas.

Empezamos por la hipótesis más fascinante: una candidata mujer. Entre los nombres en liza figuran Kirsty Coventry, Ministra de Juventud y Deportes de Zimbabue y dos veces medallista de oro olímpica en los 200 espalda, y Nicole Hoevertsz, arubeña de 58 años, antigua campeona de natación sincronizada y presidenta de la comisión de coordinación del COI para los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028.

Tras este dúo femenino llega un gran nombre. Nos referimos a Lord Sebastian Coe, el británico bimedallista olímpico de oro en los 1.500 metros, presidente de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 y actual dirigente del Atletismo Mundial. Un gran atleta que también ha desarrollado excelentes dotes de gestión y, sobre todo, que tiene un nombre de peso en la familia olímpica anglosajona.

Otros posibles sucesores de Bach son Morinari Watanabe, de 63 años, presidente de la Federación Internacional de Gimnasia, y Juan Antonio Samaranch Salisachs, de 63 años, hijo del ex presidente del COI, el legendario Don Juan Antonio Samaranch, que dirigió el organismo de 1980 a 2001. Como decíamos, sólo estamos hablando de rumores, esos rumores que suelen llegar en momentos de dificultad o transición. Sin embargo, se puede añadir otro elemento, éste más objetivo. Una derrota de Bach, y su posible salida anticipada, sería una derrota para Europa y Estados Unidos. Lo cual, dado el aire que se respira, sería coherente con el creciente sentimiento antiamericano a nivel internacional.

Juan Antonio Samaranch

Esto debe sugerir que el sustituto de Bach, tanto si llega en 2023 como en 2025 importa poco, tendrá que tener en cuenta los nuevos equilibrios internacionales. Lo que significa que se necesitarán personalidades de gran equilibrio. Hombres, o quizás mujeres, menos ligados a Estados Unidos (lo que objetivamente debilita a Coe) y caracterizados por grandes dotes diplomáticas, un rasgo que ayudaría a un gran diplomático como Juan Antonio Samaranch Salisachs y Kirsty Coventry, como mujer y africana. Otro elemento que Lausana da por descontado es que en el nuevo Consejo Ejecutivo los vicepresidentes tendrán seguramente más delegaciones y, por tanto, más poder. Ya veremos, por ahora sólo estamos al principio. Lo que es seguro es que esta carrera por el poder olímpico no es un sprint sino un maratón. La carrera olímpica por excelencia.

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